Plan Nacional de Lectura

La gran ocasión: una invitación a la lectura

Reflexionamos sobre un libro de Graciela Montes, que piensa y analiza la escuela, las escenas de lecturas y el aula, como herramientas para crear el círculo que indica “estamos leyendo”.



Sabemos que la escuela puede ser un buen lugar para leer, para que los chicos y chicas de todo el país se constituyan como lectores. En este sentido, Graciela Montes definió a la escuela como “la gran ocasión” y profundizó sobre esto en un libro que lleva ese  mismo nombre.

Allí sostiene: “Lo primero que puede hacer un maestro que quiere “enseñar a leer” es crear la ocasión, un tiempo y un espacio propicios, un estado de ánimo y también una especie de comunión de lectura. Los lectores no se encuentran con los textos en el vacío, sino –siempre– en situaciones históricas concretas, en determinado lugar y determinada hora del día, en determinado momento de su historia personal, en ciertas circunstancias, mediando ciertos vínculos… La escuela, si está dispuesta a asumirse como la gran ocasión y realmente “enseñar a leer”, no puede desaprovechar esa escena. Luego, ya se verá, las sociedades se irán ampliando, entretejiendo, cruzando y extendiendo, pero habrá que comenzar por el aula, la comunidad diaria, en la que habrá que dibujar ese círculo claro y contundente: “estamos leyendo”.

Comenzando un nuevo año lectivo, repasamos algunos de los tramos de este libro, donde la autora reflexiona y toma posición sobre la lectura y los libros en la escuela y dejamos el link disponible para que puedan recorrerlo completo si así lo desean:  http://www.me.gov.ar/curriform/gran_ocasion.htm

Leer es construir sentido dice Montes, porque si bien toda lectura supone un desciframiento, leer es algo más que eso.

Luego, la escuela pondrá a ese lector frente a un nuevo desafío, el de las letras. Leer lo que está ahí, delante de los ojos, encerrado en la letra, desentrañar esas marcas, esas cifras, le exigirá al recién llegado a primer año nuevos trabajos, prácticas más sutiles y de trama más compleja.

Por un lado está el esfuerzo de desciframiento: no sólo media el lenguaje, que es en sí mismo un texto vivo, una herramienta y una incitación permanente a la construcción de sentido, sino que ese lenguaje, que antes le entraba por el oído y estaba hecho de tiempo, aparece transformado, corporizado, enmascarado, ocupando un espacio y atrapado en un libro, una hoja, un afiche, una pantalla. (…) La lectura –y pensemos en todas las formas de lectura: la privada y la pública, la silenciosa y la de viva voz, la murmurada, la de quien cuenta u oye contar en palabras, en imágenes, en escenas, o simplemente alude, cita, recuerda un relato, un texto – mantiene vivos esos universos de sentido, esa memoria, ese sedimento de significaciones.

Para quien vive dentro de una sociedad de escritura, no es lo mismo leer que no leer, no es lo mismo entretejerse y formar parte del tapiz, que quedar mudo y afuera. Tampoco de esto puede desentenderse la escuela. Y eso es algo que saben bien los niños que ingresan al primer año, y también sus padres. Tanto unos como otros esperan que, cuanto antes, la escuela les “enseñe a leer”, y con eso están pidiendo no sólo que se les dé la posibilidad de adueñarse de la cifra, de la clave de la letra, sino, además –y muy principalmente–, que se les franquee la entrada al mundo de lo escrito, al gran tapiz, donde ya verán ellos –lectores– cómo entretejerse y tejer lo propio.

Si la escuela toma este desafío que dice la autora y no se desentiende, podremos hablar de lectores y en relación a esto, Montes habla de una actitud del lector: “La del lector es una postura única, inconfundible, que supone un cierto recogimiento y una toma de distancia, un “ponerse al margen” para, desde ahí, producir observación, conciencia, viaje, pregunta, sentido, crítica, pensamiento. Exactamente lo contrario del autómata. Lo contrario de quien funciona  irreflexivamente, obedece consignas o reproduce a pie juntillas los modelos”.

Para la autora entonces, el lector explora, hurga, busca indicios, trabaja construyendo sentido, lo que para ella es una actitud fundante y agrega: basta que uno adopte la actitud de lector para que tenga lugar la mutación: uno deja de ser engranaje y se convierte en “el que lee”. Estar frente a un libro no supone, necesariamente, por sí mismo, haber adoptado esta posición de lector, haber pegado el salto. Se podría estar frente a un libro, decodificar y hasta memorizar un texto escrito, sin haberlo “leído”, sin haber construido, personalmente, nada, como si el juego le perteneciera a otro.

¿La escuela tiene responsabilidad en esto? Claro que sí y más que eso, tiene el desafío que crear y sostener situaciones propicias a la lectura.

Montes sostiene que esa actitud de lectura no es un don mágico y eterno sin una historia y en este sentido agrega: El mismo niño que se asombraba ante el lenguaje puede, con el tiempo y la falta de estímulo, darlo por sentado. El que estaba dispuesto a contar sus sorpresas y sus descubrimientos, si no es oído, puede no sólo dejar de contar sino también de sorprenderse. Y el que no fue llevado a “despertar” frente al libro estará, posiblemente, cada vez más dispuesto a dormirse sobre él bostezando aburrimiento.

Ante esta inquietud, la autora afirma: la escuela es la gran ocasión ¿quién lo duda? La escuela puede desempeñar el mejor papel en esta puesta en escena de la actitud de lectura, que incluye, entre otras cosas, un tomarse el tiempo para mirar el mundo, una aceptación de “lo que no se entiende” y, sobre todo, un ánimo constructor, hecho de confianza y arrojo, para buscar indicios y construir sentidos (aun cuando sean sentidos efímeros y provisorios). (…) Si se trata de ayudar a construir lectores, justamente, es decir sujetos activos, curiosos, capaces de ponerse al margen y vérselas a su manera con un texto, no se puede pensar en una dádiva, o una administración, sino más bien en una habilitación para la experiencia. Dar ocasión para que la lectura tenga lugar. Garantizar un espacio y un tiempo, textos, mediaciones, condiciones, desafíos y compañía para que el lector se instale en su posición de lector, que, ya vimos, no es mansa, obediente y automática, sino personal, audaz, expectante…, y haga su lectura.

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